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  • Foto del escritorValentina

EL PORTAZO


Era una noche de verano en una hermosa ciudad. Yo andaba con la esperanza de reavivar las llamas de un casi-algo, sólo si lo intentaba una vez más. Siempre con esa maldita costumbre. Lejos de vivir esa bonita fantasía, me di contra un muro y me rompí el corazón. Yo solita. Así que agarré mis cosas y me fui andando con mi maleta hasta el hotel que había reservado, y que había imaginado compartir junto a esa persona con quien deseaba estar.

Así nació The Crying Room. Inspirada en hechos reales. Aunque la historia fue algo distinta.

Esa noche no dormí sola, o lo que viene siendo la otra cara de la misma moneda: la autodestrucción, el caso omiso y oídos sordos al “mejor sola que mal acompañada”. En los brazos de ese cuerpo desconocido entendí la magnitud del eco que me resonaba por dentro. Me sentía igual de sola e igual de rota e igual de vacía.

 

Cuando mi amiga Gala me invitó a actuar por primera vez en uno de sus eventos, no sabía qué hacer. Yo quería mostrar mis canciones, pero no sabía por dónde empezar.  Así que me puse a trazar líneas entre ellas y rápidamente vi que cada una formaba parte de la misma unidad. Ahí estaban: las caras del poliedro. Yo y todas mis yo a la vez, hablando siempre de lo mismo: tengo el corazón hecho pedazos.

 

Ya no era el concierto. Era ver, delante de mis ojos, una dura realidad. ‘Y no puedo más’ pensé. Necesitaba sanar. Necesitaba curar todas las heridas que había generado a través de las mentiras, de la falta de responsabilidad emocional, y a través de las ilusiones y de la esperanza que parecían sólo existir en mi cabeza. Así que saqué toda mi artillería, todo lo que llevaba aprendido hasta el momento, y lo puse encima de la mesa. Danza, música, teatro y cualquier otro tipo de faceta al servicio de esa historia por contar.

 

En ese momento comprendí que no solo era la pieza más ambiciosa que había planteado hasta el momento, sino que estaba regalándome la oportunidad de deshacerme de todos aquellos dolores, de trillarlos hasta gastarlos, desintegrarlos y dejarlo todo atrás. Y entendí también que esa purga sólo tenía sentido así, si la compartía. Contar mi historia, reconocerla, y admitirla abiertamente me quitaba cierto peso. Sabía que hacerlo me acercaría a personas que estaban tan rotas como yo. Y eso de sanarse en grupo es maravilloso. Como en una reunión de adictos anónimos en la que se genera una hermandad. Y así comenzó este camino, con la ulterior misión de ayudarme y de ayudar.

 

Lo cierto es que en The Crying Room pasa todo lo que nunca pasaba en la realidad. Allí tienen lugar todas las conversaciones pendientes, todas las discusiones, todas las confesiones nunca reveladas. Allí hay oscuridad y rabia, pero también hay humor y diversión. Hay una delgada línea que separa a Valentina de Valentinskka, y pasar de una a otra supone un mundo entero en ese momento. Ella hace y dice todo lo que yo no pude en la vida real.

 

The Crying Room ha sido un trueque. Siento que compartir esta historia me ha dado a cambio todas las herramientas que necesitaba para abrirme el pecho al medio y curarme de una maldita vez. Hacerla una, y otra, y otra vez, y con cada vez bajar más profundo y vaciarme aún más de cualquier resquicio de dolorcito que pudiera quedar al fondo del cajón. Sacar directamente el cajón y, boca abajo, sacudirlo. Y lo que me llevo a cambio no lo puedo ni medir. Nunca olvidaré las miradas, los ojos húmedos, las palabras y las confesiones de aquellas personas que tímidamente se acercaron al final del show para decirme que estaban ahí, conmigo, y yo con ellas también. Que estábamos a una.

El último día, en la puerta del baño del teatro, leí un cartel: “para abrir el cerrojo, la puerta debe estar bien cerrada”.

Y ahí estaba yo, sentada en el váter, sonriendo de complicidad con ese post-it que parecía hablarme para mí.

 

Cerrar bien, para abrir.

Cerrar la puerta de esa habitación y decir que ya está.

Que ya paró de llover.

Que ya es de día.

Que toca check out.

 

Tal vez vuelva a hacerla. Sería un placer re visitar ese cuarto, pero será como revivir un recuerdo. De momento, sigo adelante y espero expectante todo lo que está por venir.

 

A todos los corazones torpes, a todas esas almas que llegaron a mi vida encontrando un lugar donde distraerse de sus desgracias. A todos aquellos para quienes fui demasiado poco, demasiado demasiada. A quienes hice de espejo, de pañuelo, de madre, de amiga y de fantasma.

A ustedes les digo que ya no me van a encontrar.

No al menos en la sala de llorar.

Y en palabras de mi amiga Cristina Portela me despido:

Gracias de corazón, por destrozármelo. Solo así conseguí ponerlo en su sitio

 


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-¿Y ahora qué?

-A la estación

-¿A dónde vas?

-A un lugar precioso. ¿Venís conmigo? Te va a encantar.






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